El "inicio"... o algo así

| 30 de diciembre de 2012 | |

Bueno, llevo días... más bien meses "corrigiendo" este relatito (pongo corregir entre comillas porque tampoco es que sea experta o que haya quedado bien, pero creo que quedo mas coherente que el original) 
La cosa es que este mini relato lo escribí para el rol de Crónicas Oscuras, para contar una parte de la infancia de Helena y para que se entendiera un poco porque es como es. 

Para los que no sepan nada de nada de esta rubia loca les hago un resumen.
Helena es un personaje creado por mi (la mente siniestra tras todo esto) para un rol que se basaba en el mundo de los Dark- Hunters (obra de Sherrilyn Kenyon) y La hermandad de la daga negra (obra de J.R Ward). 
Esta chica, por como verán, es hija de la diosa griega Nike y un Symphaths que eludió su responsabilidad paterna. 
Para más información sobre quienes son estos que nombre, use google :) 

Y aquí lo dejo, espero les guste (al que lea) y si no, pues ni modo es lo que hay.

Adieu. 





1795…

—Mierda, el día no podría haber sido mejor — masculló irónicamente Nike mientras caminaba por las oscuras calles de alguna ciudad de Europa, o eso creía. Los recuerdos de las pasadas horas atormentaban su mente, ahogándola, destrozándola sin piedad.
Más de cinco mil años habían pasado antes de que fuera capaz de reunir el coraje suficiente para ir a ver a su hermano, Cratus, quien había sido expulsado del Olimpo y condenado a un eterno sufrimiento.
Demasiado tiempo había esperado y aun así, cuando estuvo a punto de estar a su lado fue detenida por los Dolophoni, quienes estaban a cargo de torturarlo y acabar con su vida, noche tras noche.
Sin poder hacer nada tuvo que presenciar como aquellos, a quienes alguna vez su hermano considero amigos, lo golpeaban y se burlaban de él. Las ganas de detener aquella violencia, de proteger a su hermano, la habían vuelto loca pero su cuerpo fue incapaz de reaccionar, y en vez de atacar y defender a la única persona que le importaba, se quedó en las sombras invisible, incapaz de moverse, observando como lo mataban.

Sintió una lagrima rodar por su mejilla, el dolor lacerante y la rabia que sentía consigo misma y con los dioses la estaban destrozando.
Era incapaz de volver al Olimpo y enfrentarse a los otros dioses, deseaba aplastar sus infames corazones entre sus dedos, provocarles el mismo sufrimiento que vivía su hermano día tras día, pero no podía, no lo haría. Sin pensarlo más decidió quedarse en aquella ciudad desconocida y dejar que sus emociones se calmaran lo suficiente como para volver.
Era una noche agradable, la brisa fresca invitaba a caminar bajo el oscuro manto de un cielo sin luna y disfrutar de la calma de aquel lugar.
Sin darse cuenta sus caóticos pensamientos la habían llevado a internarse en lo que parecía un frondoso bosque. La sensación de que no estaba sola, la asalto de repente, se detuvo para tratar de orientarse y poder ubicar a quien estuviera cerca pero no logro identificar quien era o que era lo que estaba siguiéndola y aquello comenzaba a ponerla nerviosa.
El leve crujido de las hojas en el suelo la hicieron girar de prisa y vio como de entre los árboles salía una figura alta y delgada con un caminar pausado, casi sensual, llevaba algún tipo de túnica blanca que le otorgaba un resplandor propio aun en esa noche tan oscura. Cuando lo tuvo a unos metros pudo distinguir sus rasgos, los cuales eran finos y no daban reales indicios de su sexo. Sus ojos eran rojos como la sangre, con una mirada penetrante cargada de maldad.
En su mente sintió un susurro provocativo que la invitaba a olvidar todo el dolor que sentía. Ya no tenía más fuerzas, era incapaz de resistir aquella tentadora invitación, por lo que solo se dejó llevar, entregándose a aquel desconocido.
Necesitaba olvidar, lo deseaba fervientemente y aquella voz le prometía, aunque fuera por un instante, la paz que tanto anhelaba.

7 años después, hogar de Nike en el Olimpo…
—Matisera!— gritó la pequeña niña rubia, llamando la atención de su madre.
—¿Que sucede Helena?— preguntó Nike acercándose a su hija y tomándola en brazos.
—Nada— dijo con una sonrisa radiante en su cara — solo quería un abrazo— sus pequeños bracitos rodearon el cuello de la diosa con fuerza, mientras ambas se largaban a reír.  
—Mi pequeña ¿sabes que te amo cierto?— susurró dejando un suave beso en su frente.
—Sí y que soy lo más importante para ti— Helena intentó imitar la voz de su madre al repetir las palabras que ésta siempre le decía.


Nike volvió a reír al escuchar a su hija, adorando como sus mejillas se sonrojaban y su cara se iluminaba al reír. Es que desde su nacimiento Helena se había convertido en lo más importante para la diosa, era el centro de su mundo y la razón por la que seguía sonriendo.
Sentía tan lejano aquellos momentos en que había estado aterrorizada con aquella criatura que crecía en su vientre. Sabía que había cometido un grave error al entregarse a alguien del que no conocía ni su raza, pero no hubo ningún instante en el que se arrepintiera del resultado de aquel encuentro.
Aun así en cuanto supo que estaba embarazada comenzó a seguir la única pista que él le había dejado, era un symphaths, algo que ella realmente no había entendido. Durante su embarazo intento averiguar que significaba aquello y sólo había dado con la información de una ciudad donde podrían ayudar, pero tuvo que abandonar su investigación en cuanto dio a luz y no volvió a retomarla cuando vio que su bebe era normal, tan normal como podía ser la hija de una diosa. Se dedicó por entero a su pequeña Helena, su sol en el nuevo amanecer de su vida.


—Matisera ¿qué pasa?— la dulce voz de la niña la saco de sus pensamientos. Sonrío mientras contemplaba esos ojos azules parecidos a los suyos.
—Nada cariño, solo estaba pensando
En ese momento paso un halcón volando junto a la ventana, Helena se removió en los brazos de su madre, quería salir a ver al animal, le encantaba jugar y perseguirlos, más aún a los que volaban.
— ¿Puedo ir?— preguntó con la cara más tierna que podía poner.
—Claro, pero no vayas a desplumar al pobre esta vez, ¿entendido?— Helena soltó una carcajada por la petición de su madre.
—Lo juro por la abuela— dijo con una manito en su corazón. Nike le dio un ligero beso en la frente y la dejo en el gran ventanal para que la pequeña desplegara sus negras alas y saliera a jugar.


Minutos más tarde la diosa se encontraba sentada en el sofá junto a la ventana leyendo mientras esperaba el regreso de su hija, estaba absorta en las fantasías de esas páginas cuando un grito cargado de miedo la hizo temblar.
Helena, fue lo único que pensó mientras destellaba a su lado. La pequeña niña estaba sobre el césped sentada, abrazando fuertemente sus piernas, meciéndose adelante y atrás.


—Cariño, ¿Qué sucede?— le pregunto mientras se arrodillaba a su lado. Cuando su hija levanto su cabeza y pudo ver sus ojos, el aire se atascó en sus pulmones. Los ojos de Helena se habían vuelto rojos y no solo por aquellas lágrimas de sangre, el azul que adoraba ahora había pasado a tener la tonalidad de su llanto.
 —Matisera, ¿por qué me tienes… miedo?— la voz de la niña salió entrecortada.
—¿Por qué dices eso?— miró preocupada. El miedo encogía su  estómago e intentaba con todas sus fuerzas no demostrarlo.
—Lo siento—  sollozó Helena —puedo sentirlo… sentir lo que tú, no sé qué pasa Matisera… ¿Ya no me querrás mas?— Esa pregunta destrozo el corazón de Nike, aferro con fuerza a su hija. Jamás podría dejar de quererla, era todo lo que tenia y por lo que sobrevivía.
—Dime que pasa Leny, ¿qué fue lo que paso?— acarició su cabello intentando tranquilizarla.
—Estaba jugando y…— Helena volvió a romper en llanto, sufría y Nike no sabía que podía hacer— la cabeza me empezó a doler mucho y cerré los ojos fuerte, cuando los abrí estaba todo rojo, solo había rojo, y cuando Matisera llegó a mi lado sentí dolor… no quiero sentir esto más.
Su diminuto cuerpo tirito entre sus brazos. Nike estaba desesperada, las lágrimas inundaron sus ojos, se sentía impotente para ayudar a su hija y el sentimiento de terror que la embargaba lo hacía aun peor.
—Por favor no— balbuceo la niña.


Un leve cambio en sus emociones alerto a Nike, era lo mismo que había experimentado la noche en que la había concebido. Pero al parecer la inexperiencia de Helena lo hacía realmente peligroso.
La diosa sintió la intrusión en su cabeza, trato de detenerla pero le fue imposible. Su hija estaba jugando con su mente, cada recuerdo enterrado comenzaba a salir a flote para atormentarla, se sentía culpable, enojada, herida… por Zeus se volvería loca.
Levantó la vista y vio que Helena estaba de pie delante de ella, sus ojos como brillantes rubíes la miraban fijamente, su rostro surcado por las lagrimas de sangre que había derramado y una sonrisa ladeada de pura satisfacción estaba instalada en su rostro.


Esa no era su hija, no lo podía ser.
Trato de pedirle que se detuviera, pero las palabras no salían de sus labios.

—Helena… basta— logró balbucear. Vio como los ojos de la niña recuperaban su color azul, pero antes de poder hacer nada, esta fue lanzada contra el duro tronco de un árbol. La imponente figura de su padre, Pallas, apareció junto a ella, recogiendo el caído cuerpo de su nieta por el cabello.
—¡Que has hecho!— grito furiosa intentando ponerse de pie.
Pallas miro a la pequeña rubia que se encontraba inconsciente, sin mucha más delicadeza la volvió a dejar en el suelo.
Un destello blanco cubrió el pequeño cuerpo en solo unos segundos. Nike mantenía sus alas desplegadas como si fueran un escudo sobre ellas.
—Ya es hora—la profunda voz del dios la estremeció.
—¡No es hora de nada!— no dejaría que se la llevaran, no podía dejarla en manos de sus padres. —Ella merece una infancia feliz, ¡por todos los dioses es solo una niña!
Una cruel risa se dejo escuchar a su espalda, erizándole el vello de la nuca.
—Te dije que era un error que naciera, ahora tienes a un pequeño e incontrolable monstruo —Styx estaba de pie frente a ella, una asquerosa satisfacción marcaba sus rasgos, dejándole una sensación de repulsión a Nike.
—No dejare que le hagan nada— exclamó la alada diosa, pegando aún más a ella el pequeño cuerpo de su hija. —Es… es mía
—Nike, Nike, Nike… ella dejo de ser tuya el día en que decidiste que naciera, ¿o ya no lo recuerdas?—la diosa del odio camino hasta quedar a centímetros de su hija, la miro con desprecio ante su actitud. —Ofreciste su servicio a cambio de su vida…
—Sólo tienes dos opciones— ahora era Pallas quien hablaba — Aceptas que cumpla su destino o simplemente dejas que muera.
Un escalofrío recorrió la columna de Nike, no había muestra de sentimientos en los ojos de su padre.
—Ese no es su destino… ella merece algo mejor— su voz salía estrangulada. Abrazo a su pequeña intentando detener los violentos temblores que la agitaban.
—Lo es y lo sabes, a pesar de su sucia sangre lograra ser una gran guerrera. Aprenderá a controlarse, algo que tú y tus arrumacos no le enseñaran— con un solo movimiento Helena fue arrancada de sus brazos para pasar a los de Styx.
—Entonces, ¿qué decides?— Pallas hizo aparecer una brillante daga en sus manos y se acercó hasta Helena. Nike trato de pasar el nudo que se había alojado en su garganta.
Solo debía pronunciar una palabra y todo cambiaria, sea como sea Helena sufriría.
—Que se haga tu voluntad— aquella frase quemó su garganta como si se tratara de ácido. —Pero por todos los dioses no la alejes de mi— suplico a su padre en un último intento de amortiguar sus decisiones.
—Es tu hija, no la perderás— con eso ambos dioses desaparecieron llevándose consigo a la rubia mestiza.


6 meses después...
Nike se acercó sigilosamente a la oscura cueva, ese día se cumplían seis meses desde que Helena fuera alejada de su lado.
Ambos dioses habían dicho que no la vería hasta que la niña aprendiera a comportarse y de solo pensar cuál era el comportamiento que pretendían se le revolvían las entrañas.
Fue adentrándose en aquella oscuridad tan profunda que ni siquiera ella era capaz de ver algo, intentando hacer el menos ruido y ocultar su presencia lo mejor posible.
Luego de algunos minutos un pequeño resplandor comenzó a aparecer, guiándola.
—Ya no volverás a gritar— poco a poco la voz de su madre se fue haciendo más clara. Cuando por fin la vio su corazón se detuvo, sólo pudo escuchar el sonido de aquel látigo cortando el aire para luego impactar con fuerza en la pálida piel de Helena. La niña no emitió sonido alguno, no se movió, no hizo nada. El temor de que estuviera muerta la paralizo.
—Ya no seré débil— fue la firme respuesta de la niña que intentaba incorporarse. Se apoyó en las sucias cadenas, que sujetaban sus muñecas a la pared, para poder levantarse y mantenerse en pie, girando levemente la cabeza para mirar a su abuela. Nike lloro al verla, sus ojos eran dos fríos témpanos, carentes de vida —No más llantos, no más gritos— dijo con una sonrisa, una cruel mueca en un inocente rostro.
Nike se mantuvo oculta observando el entrenamiento de su hija, cuando Styx por fin se cansó y se fue, reunió el valor de acercarse.
Cuando Helena sintió su presencia su maltratado cuerpo se tensó preparado para combatir, escucho un suave siseo como si fuera un animal.
—Pequeña soy yo— trato de mantenerse imperturbable pero le estaba costando la vida no abalanzarse sobre ella para curar sus heridas y cuidarla como se lo merecía.
La niña se dio vuelta con dificultad, su espalda estaba realmente lastimada y Styx había añadido sal al agua con la que habían limpiado su sangre por lo que muchas de las heridas quedarían marcadas para siempre.
Los ojos de Helena recobraron, por un instante, aquella calidez y ternura que tanto adoraba, pero no duró, pronto sus ojos volvieron a quedar inexpresivos y su cuerpo se tensó aún más esperando un ataque.
—No debe estar aquí
—Perdóname— Nike corrió hasta ella y se arrodillo, cogió su rostro con cuidado  entre las manos para que la viera a los ojos y supiera que eran sinceras sus palabras — Por favor perdóname— volvió a decir mientras apoyaba la frente en el pecho de Helena y comenzaba a llorar.
Unos pequeños deditos recorrieron sus mejillas secando las lágrimas con dulzura.
—No llores Matisera— susurró la pequeña ladeando la cabeza. Nike levantó la mirada pero su sonrisa murió al notar que su pequeña no había vuelto, al menos no del todo—Solo los débiles sucumben antes las emociones —y ahí estaba otra vez, esa sonrisa perversa que destruía su corazón.

9 comentarios:

Judith Dijo:
30 de diciembre de 2012, 10:33

Vaya !! que intenso xD!
No he leido las novelas de Kenyon o Ward pero se de que tratan. Me gusto tu relato, tiene mucha emocion y sentimiento como tambien mucha oscuridad.
Muy bueno, felicidades !!!
Besos

Marifer Dijo:
1 de enero de 2013, 11:14

Me encanta, ya te lo había dicho la primera vez que lo leí. Adoro la historia de Helena y por eso eres mi Sugar favorita en todo el mundo... *.*

Besotes mi Sugar ;)

Kramer Dijo:
3 de enero de 2013, 10:36

Esto explica muchas cosas de Helenita...

Creo que también lo había leído y como todo lo que escribe, me gusta mucho.
No sé por qué la Sugar no escribe más seguido.

A escribir, Leny!!!

Leny Dijo:
3 de enero de 2013, 18:58

Gracias :D

La Sugar no escribe más seguido porque no le sale nada, esta muy tonta últimamente.
A lo mucho le salen refritos, así que es eso o nada supongo ajjajajaj

Bell Skade Dijo:
14 de enero de 2013, 20:50

Cuantos recuerdos!!!!!!! como olvidar esta parte donde es el nacimiento de una Sugar, me encanta la historia siempre lo ha hecho y mas por que en alguna parte de nuestro arbol genealógico somos parientes jajajajaja que familia tan disfuncional jajajajaj

Leny Dijo:
14 de enero de 2013, 20:56

Familia disfuncional? nosotros??? ajajajja para nada, somos de lo mas normalito jajjajaja

Gracias :)

Bell Skade Dijo:
14 de enero de 2013, 21:07

de lo mas normal lalla fiu fiu jajajajaj

BlackGore08 Dijo:
14 de febrero de 2013, 13:22

Muy chula la historia, ya tienes una nueva lectora.
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Te invito a mi blognovela negra que llevo escribiendo desde hace dos meses y no me va nada mal.
http://retratodeunasesino.blogspot.com.es/

Leny Dijo:
16 de febrero de 2013, 16:23

BlackGore, gracias por pasar y por darte el tiempo de leer :)

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